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Viernes de Insight


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Las adicciones casi siempre resultan destructivas, y en la mayoría de los casos, el problema no es tratarlas, sino reconocerlas en primer lugar. 

Más aún cuando se trata de la adicción a cosas no-físicas como la información. Si eres piedrero y desde hace más de dos años no puedes vivir sin fumar piedra (crack), es relativamente fácil decir “Ok, tengo un problema de adicción”.

Igualmente hay quienes no lo aceptan. Dicen que “solo lo hacen de vez en cuando para matar el rato”, negando la seriedad del asunto, pero al menos, los que fuman piedra son conscientes de que están consumiendo una sustancia y de que esta tiene efectos sobre su mente.

Ese "reconocimiento" del consumo no sucede cuando consumimos información: memes, música, artículos, podcasts, películas, reality shows...

¿Ves a un adicto a Facebook de la misma manera que a un adicto al crack?

Claro que no. El adicto al crack es visto como alguien sin autocontrol, que no es capaz de comprender el impacto de su adicción sobre su vida y la de quienes lo rodean, que se rinde ante el placer en lugar de sacar su vida adelante. En otras palabras: el adicto al crack es malo.

En cambio, el adicto a Facebook... ¿Quién puede criticarlo?

Solo quiere informarse, divertirse y compartir con sus amigos las cosas que le interesan. Sí, es cierto que pasa más tiempo del que debería en redes sociales, pero, ¿Acaso no lo hacemos todos? 

Esta persona no le hace daño a la sociedad, por lo tanto, el adicto a Facebook es bueno.

 

El problema está en la raíz de la adicción, que por extraño que suene, es exactamente la misma: la búsqueda de felicidad


El crack actúa sobre el cuerpo de forma directa: una sustancia entra y altera nuestra química, estimulando ciertas zonas del cerebro y “adormeciendo” otras.

El resultado es un estado mental diferente al normal que, para los piedreros, es lo máximo. Vale la pena dejar de lado todo lo demás con tal de sentirse así.

Facebook, por otro lado, actúa sobre nosotros de forma más indirecta: una pieza de información entra a nuestro cuerpo a través de nuestros sentidos (lo vemos y oímos en lugar de fumarlo o comerlo), dicha información nos inclina a tener cierto tipo de pensamientos y, gracias a nuestros cerebros súper desarrollados, estos pensamientos nos permiten inducirnos a nosotros mismos sensaciones placenteras... O al menos esa es la promesa, porque una vez entras en Facebook, no hay ninguna certeza de que vayas a salir sintiéndote mejor que como entraste.
 

Lo único que promete son emociones. Muchas emociones


Si eres suficientemente habilidosa/o, podrás surfear la ola de contenidos que aparecen frente a tus ojos y conseguir lo que buscabas: reírte, sentirte conectada/o a la comunidad y, con suerte, aprender algo nuevo.

Pero incluso siendo el más experto de los expertos utilizando tus redes, estás perdiendo.

Incluso si evitas todas y cada una de las publicaciones llenas de odio y pasas todo el rato contento, estás cayendo en la trampa.

Y no se trata de que no experimentes cosas positivas, porque es un hecho que las sientes.

Se trata de que esas sensaciones, aunque no lo parezcan... Te están envenenando. 

 

La Reflexión de la Semana: cómo ser 200% más feliz dejando de usar tu teléfono


Mi historia de adicción a Instagram es larga y compleja, y hoy, por primera vez, hago pública la siguiente noticia: ¡Al fin la superé!

Claro, fui yo mismo quien me declaró adicto en primer lugar y también soy yo quien ahora decide que conquisté dicha adicción, pero a pesar de que ninguna clínica reconoce oficialmente este logro, tengo pruebas que me respaldan.
Esta es mi actividad en Ig de la última semana. Hay un día en el que no entré en la aplicación y otro donde solo estuve un minuto y medio, probablemente para responder un mensaje. Esto es, al menos para mí, una gran victoria (que se ha mantenido por varios meses).
Para lograr esta hazaña no pasé por ninguna rehabilitación ni me tire de los pelos por negarme a revisar mi feed.

Fue un proceso completamente gradual que me llevó de consumirlo más de dos horas diarias a menos de 20 minutos al día, y fue tan efectivo que, de hecho, estoy pensando en volver a aumentar mi consumo, solo que de forma mucho más planificada y saludable.
 

Más feliz / Menos feliz 


La gran maravilla de haber reducido mi tiempo en pantalla es que por fin pude liberarme del carrusel de emociones al que estaba sometido.

En solo 15 minutos podía estar feliz, molesto, motivado, triste y luego riendo a carcajadas nuevamente. ¿Esto es saludable? Claro que no. 

Ni siquiera cuando lograba pasar todo mi rato de Instagram estando contento sentía que esto fuera algo saludable. 

Era lo opuesto: esas grandes dosis de felicidad me ponían nervioso el resto del día. Me hacían sentir como el piedrero cuando le quitan la piedra.


Síndrome de abstinencia


Siendo humanos, monos súper inteligentes que tienen cientos de miles de años sobre la tierra (y solo un par de siglos con acceso ilimitado a alimento, distracciones y placeres en general), no estamos acostumbrados a esta infinita avalancha de sensaciones agradables. 

Hace diez mil años, por ejemplo, los humanos que habitaban la tierra eran prácticamente iguales a nosotros... Al menos físicamente.

La tecnología y las sociedades han evolucionado extremadamente rápido en comparación con nuestros cuerpos, que no han cambiado demasiado con respecto al de los cavernícolas. Si pudiéramos traer a uno de ellos al presente, podríamos incluirlo sin problemas en la sociedad y en pocos meses estaría igual de estresado y ansioso que el humano citadino moderno. 

Esta híper abundancia a la que estamos expuestos es sabrosa, pero no estamos preparados para ella.
 

O mejor dicho: no estamos equipados para ella


Es un problema de hardware, no de software.

Nuestro cerebro está diseñado para vivir en un mundo donde el sufrimiento es la ley del día a día y ahora se encuentra con que no hay guerras, hay alimento de sobra, las enfermedades no son una sentencia de muerte y existe la calefacción.

¿Qué pasa cuando la comodidad y las alegrías están al alcance de nuestras manos?

Abusamos de ellas de la forma más grotesca que podamos imaginar.
 

¿Y a quién podemos culpar? Sentirse bien es lo mejor que existe. Literalmente


Estamos apenas en un proceso de adaptación. Recién se está poniendo sobre la mesa la idea de que un mundo repleto de porno y hamburguesas puede ser dañino para nosotros, y por desgracia, la mayoría se opone rotundamente a dicha idea. Opinan que este sin fin de posibilidades es una bendición para la humanidad y no ven en ella ningún aspecto negativo.
 

El detalle está en que el exceso de felicidad es el que nos hace profundamente miserables 


Así como nuestro cuerpo se hace cada vez más resistente a la cafeína, el alcohol o cualquier otra sustancia que consumamos con regularidad, también se vuelve más resistente a la felicidad, que a fin de cuentas, es producida por una serie de químicos que se segregan en nuestro cerebro (conocidos como neurotransmisores—mención especial a la dopamina).

El tener acceso a herramientas que nos permitan inducirnos felicidad sin ningún tipo de regulación nos hace utilizarlas más de la cuenta, lo que nos hace sentir bien momentáneamente pero, al mismo tiempo, aumenta nuestra resistencia. Como resultado, caemos en la adicción y pasamos a ser iguales a los piedreros, por lo que comenzamos a dejar de lado otras cosas más importantes con tal de volver a engancharnos con eso que nos hace sentir a gusto.

Ahí comienza el círculo vicioso: te sientes bien cuando usas tu teléfono y empiezas a dejar de lado la limpieza de tu casa, la preparación de tus comidas, el ejercicio y tu vida social.

Cuando esto se convierte en un hábito, volver a la “vida real” se vuelve cada vez más incómodo y frustrante, lo que hace que regreses a tu país de las maravillas digital para poder olvidarte del resto de la realidad.
 

¿Cómo se siente tu mente cuando reduces las distracciones?


Al principio, exactamente igual. Sientes una “piquiña mental” por revisar tu teléfono cada pocos segundos y si te llega una notificación, brincas como una fiera a ver quién te escribió. 

Solo con el tiempo esta dependencia empieza a disminuir hasta que vuelves a un estado interno más natural, más tranquilo, y una vez estás allí, es cuando comienza la verdadera paz.
 

“La felicidad es paz en movimiento. La paz es felicidad en reposo”

 
En cierto punto terminas entendiendo que no deseas estar constantemente estimulado y brincando de aquí para allá, sino que lo que verdaderamente necesitas es tener todo en su medida: alegrías, tristezas, tiempo de concentración, distracciones, molestias, preocupaciones y demás.

Altos y bajos. Ambos forman parte de nuestra existencia e intentar eliminar cualquiera de ellos es, cuando menos, dañino. Cuando más, destructivo.

Regular tus distracciones te permite calibrar la vara con la que mides tu felicidad, y a medida que avanzas en este proceso, consigues apreciarla de otra manera y hacerla más especial, duradera y satisfactoria. 
 

5 consejos para la desintoxicación digital 


En este artículo hablo específicamente de los teléfonos a pesar de que toda distracción tiene el mismo efecto sobre nosotros.

El motivo es que no hay nada que se parezca a los smartphones en cuanto a poder de distracción. Nada que se acerque a su incomparable capacidad de robar nuestra atención ni a la seductora versatilidad que los hace tan populares.  

Mis 5 consejos (o como suelo decirles: mandamientos) para la desintoxicación digital son:

1. Desactiva todas las notificaciones excepto las de los mensajes de texto y correo electrónico (las cosas realmente importantes te llegarán por uno de esos dos medios o mediante una llamada).

2. Deja de seguir a todas las cuentas de redes sociales que hace tiempo dejaste de disfrutar y ya ni siquiera sabes por qué sigues.

3. Utiliza tu WhatsApp como utilizas tu buzón de entrada de correos: no respondes todo al instante ni pasas el día allí dentro.

4. Utiliza el modo avión siempre que necesites concentrarte en alguna actividad. 

5. Nunca (¡Jamás!) utilices tu teléfono apenas despertarte como método para “activar tu cerebro”. 

Siguiendo estas 5 pautas conseguirás disminuir tu consumo gradualmente. El tiempo te devolverá tu salud mental y, si eres constante, en pocos meses serás 200% más feliz de lo que lo eres ahora (el triple de feliz), comprendiendo que la felicidad no es un estado permanente y que abusar de ella puede traer consecuencias enormemente negativas.

No tendrás felicidad las 24 horas del día, pero cuando llegue... Qué divina se sentirá.




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“¡Quiero más!”


Si te sentiste identificado/a con este artículo, determinaste que tú estás sufriendo por tu adicción a las distracciones y quieres hacer algo al respecto antes de que el problema se convierta en un monstruo imposible de controlar, te recomiendo que agendes conmigo una sesión de Ingeniería de Pensamientos.

En estas sesiones me encargo de observar tu problema en profundidad. Te hago una serie de preguntas diseñadas para buscar en lo más profundo de tu mente los motivos por los que caes en un patrón u otro y, una vez conocemos la raíz, la atacamos con ejercicios y planificación.

Para más información acerca de la Ingeniería de Pensamientos, responde a este correo y yo te enviaré todo lo que necesitas saber. 

Para el mes de diciembre tengo solo 4 sesiones disponibles y si quieres reservar la tuya, lo mejor es que la agendemos con tiempo.

Nos vemos el próximo viernes con más insight y más diversión. 

Alex.
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